Mayo 2015

Los Soldaditos de Plomo.
Era un día cálido de primavera. Fuimos a comer a una masía. El comedor era pequeño, con el suelo y paredes de piedra. Lámparas de hierro en el techo. Las mesas de madera, cubiertas con manteles a cuadros rojos y blancos. En el lugar se destacaba, un mueble de madera con puertas de cristal, tras los cuales se dejaba apreciar toda una colección de soldaditos de plomo.
Mi mirada de mujer se mudó en aquella de niña.
Quedábamos cada tarde toda la pandilla, al lado del olmo viejo, donde estaba la panadería. El olor del pan recién horneado; en el escaparate las cocas de azúcar… El repicar de las campanas de la iglesia… Todo esto, y algo más, forjaron que aquel verano fuera especial.
Íbamos a jugar a la plaza del pueblo. Andrés bajaba sus soldaditos: los capitanes, los sargentos, los de caballería. Luis aportaba los suyos: el coronel, el general, el alférez, con otros tantos de infantería, cañones, bombas, carros y carretas. Y Con Ramón, Ana y Marta. Todos formábamos surcos en el barro, para instalar todo el destacamento. Deponíamos todos nuestros pesares: Nos liábamos con el fango y la lucha. Hacíamos dos frentes. Y juntos integrábamos el batallón.
Era habitual la tos de Món, y su abuela en abastecerle del jarabe. Él tenía: los redoblantes, las cornetas, las flautas y los platillos; pero él además poseía un tambor, lo tocaba muy bien, nos deleitábamos oyéndole, promovía de las trifulcas auténticos eventos.
¡Siempre perdían los de caballería, los de infantería gozaban de más aguante!
Ramón enfermó. Su abuela nos trajo sus cachivaches, pero faltaba él tamborilero. Hicimos las cunetas, ajustamos todo el pelotón. En nuestra añoranza, cogimos unas tapas de hojalata, y nos pusimos, a sonar… o mejor dicho a meter bulla. No podía sorprendernos, que salieran varios vecinos pidiendo que parásemos, con el ruido estridente. Se hizo el silencio. Poco duró. Empezamos a tirar tiros, a gritar, a lanzar bombas. Regresaron a hacernos callar. Intentamos cantar y se puso a llover. Acopiamos y nos marchamos.
En un día de mucho calor, vino Ramón. Al comenzar a hacer los cauces, la tierra estaba muy reseca, la humedecimos con agua. Colocamos el ejército, ubicamos los soldaditos con sus instrumentos. Iniciamos la batalla, el tamborilero empezó a tocar. Esta vez nadie nos dijo nada. La gente se paraba a escucharle.
Sin embargo, persistía el carraspeo de Món y la ingestión de su medicina. Volvió a enfermarse. Fuimos a su casa. Vimos salir al médico con su padre. Desde el umbral de la puerta, su abuela indicó que subiéramos. Se veía muy desolada.
Alcanzamos su habitación. Su madre estaba a su cuidado. Yacía él en el lecho, muy pálido y fatigoso. Al vernos se entusiasmó, su cara se iluminó, sus ojos marrones centellearon de gozo. Él se interesó si habíamos empezado a encajar: la infantería, la caballería. Trató en darnos ánimos para que fuéramos a montar la cruzada; creando lugar para todos. A la sazón le instó a su madre que nos facilitara su caja de juguetes.
Al salir de su casa, entraba el Padre Julián. Lis cargaba la caja de nuestro amigo. Muy afligidos, fuimos al lugar de siempre.
La tierra estaba agrietada por el sol. Nuestros rostros se habían bañado en lágrimas, que al caer la calaron formándose masa. Construimos las zanjas y creamos dos escuadrillas, acoplamos: el coronel, el general, los capitanes, los sargentos, el alférez, la infantería, la caballería, los carros, las carretas, los cañones, estaba casi todo… Escuchamos un ruido… Vimos que la caja de Ramón se agitaba, y para nuestra sorpresa… los tambores comenzaron a sonar.

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