Abril 2015

LA MALDICIÓN

La maldición era ya creada. En aquella cumbre nadie se avenía a subir, debido a su leyenda.
En aquella noche con la mar en calma, nada hacía presagiar que se había fraguado un crimen. Se oían voces que decían:
–¡No preocuparse Miriam, ya se paso!
–¿No lo ves que él era mi amor y mi esperanza?
–¡Era un don nadie!
–¡Era mi vida!
–¿Qué ha de ser? Y ¡Ahora el ya pago con la suya!
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En la cumbre se hallaban cada día a hora avanzada. Ramón y Miriam los dos de 19 años. La cumbre al lado de la mar, era una finca abandonada con unos edificios; que habían sido un dispensario de enfermos de dolencia maligna. Y un jardín donde aún quedaban: rosales, azucenas, orquídeas y claveles, había agua deslizándose rodeando un reguero con ranas.
Allí se veían los dos enamorados. Se habían conocido un día de mercado, él era el aprendiz de la parada de sus padres. Ella iba con su doncella a comprar. Fue un día muy especial. Ella llevaba una falda y blusa azul cielo a juego con el color de sus ojos, lucía un sombrero color paja con un lazo azul, pendía de su brazo un bolso con el dinero. Era candorosa, de mirada dulce, voz suave, de manos finas y señas delicadas.
El era de dermis morena, musculoso, de manos grandes, cara redonda los cabellos largos y rizados recogidos en una cola, llevaba barba que le daba un aire gracioso. De ojos grandes, negros, con las cejas marcadas.
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Se dice, que en el pasado hubo una enferma, que se enamoro de su cuidador. Fue un amor imposible. Y en una noche que hacía muy mala mar, decidieron escapar los dos. Al llegar al jardín, las espinas de las rosas prendieron el chal de la enamorada, produciéndole una herida en el brazo. Empezando a sangrar, debido a la debilidad fue apagándose con mucha rapidez. El cuidador desconsolado, no pudiéndola socorrer. Dijo: En lo sucesivo:
“Aquí quien quisiere paz no la poseerá, más aquel que busque amor perderá la vida “
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Ramón y Miriam, no hicieron caso de la leyenda, quedando allí por ser un lugar aislado.
Él dejaba la faena acabada, decía que iba con sus amigos. Y corría y corría…
Ella en cada crepúsculo se hacía acompañar por el servicio a dar un paseo por la playa.
Al lado del escalonado de la mar, hacia esconder a su servicio, diciendo que deseaba soledad. Ella ascendía hallándose arriba con él.
Cuando él la veía llegar, gallardo se ponía de alegria. Ella rebosaba felicidad.
Besos y más besos. Primoroso él, le decía lo bella que era:
—Mira con que luz brillan esos ojos que nada más ver asomar la cara, me seduces, me embriagas en ese dulce mirar. Esa voz de melodía que parece el silbido de un ruiseñor.
Ella le decía:
—-Más esas manos, musculosas que son una pasión. Las deslizas en mi cuerpo, que cae a esas caricias sin fin. Esos labios que son fuego delicia en los míos.
Sus cuerpos se fundían en la brisa del crepúsculo, las fragancias de las flores hacían las delicias de sus amores.
Se profesaban amor para siempre, aquello no parecía haber fin.
El un día le dijo.
—- Mi vida es vida para los dos. Si no es así doy la vida por los dos.
Y así sucedió, que un día ella no percibió que le seguían desde que salió de su casa.
Al hallarse con él, abrazados los dos, sucumbieron en el calor los dos cuerpos. Se oyó un disparo, el cayo en el suelo, ella encima de él, sin comprender que pasaba.
Oyó como su padre le decía.
–¡Miriam! ¿Qué haces aquí?
Ella le dice.
–¿Que has hecho? ¡Era mi amor y mi esperanza!
–¿Cómo puede decirlo la hija del Procurador General? Inquirió el padre. ¡él era, un simple aprendiz en el mercado! ¡Ahora vámonos, aquí ya no haces nada!
Su padre la cogió por el brazo, haciéndole daño. Ella sollozando desconsolada no asumía en separarse de su amado.
Descendiendo él le daba voces, ella se defendía. No pudiendo desasirse de su mano.
Mas al llegar a la playa, la mar acaecía enfurecida, una ola los sacudió, haciendo que el hombre cayera y se desnucara.
Cumpliéndose así la maldición: “Aquí quien quisiere paz no la poseerá, más aquel que busque amor perderá la vida”.

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